luzdeo luzdeo
luzdebdsm
 
 chat flashChat   BuscarBuscar   MiembrosMiembros   Grupos de UsuariosGrupos de Usuarios   RegistrarseRegistrarse 
 PerfilPerfil   Entre para ver sus mensajes privadosEntre para ver sus mensajes privados   LoginLogin 

EL COLLAR(1)

 
Publicar nuevo tema   Responder al tema    Foros de discusión -> Relatos de sumisas
Ver tema anterior :: Ver tema siguiente  
Autor Mensaje
yasmina{TN}
Invitado









MensajePublicado: Mar Oct 30, 2007 12:11 am    Asunto: EL COLLAR(1) Responder citando

Yacía sobre la hierba cálida. Podía sentir cada una de sus suaves y caldeadas
hojas verdes bajo mi mejilla izquierda; también bajo mi cuerpo, bajo mi estómago,
en los muslos. Me estiré, extendí los dedos de los pies. Estaba adormecida. No
quería despertar. El sol se posaba caliente en mi espalda, intenso, casi incómodo. Me
acurruqué de nuevo sobre la hierba. Tenía la mano izquierda extendida y con los
dedos tocaba la tórrida suciedad de entre las hojas. Con los ojos cerrados me resistía
a retornar a la consciencia pero ésta parecía llegar lenta, imperceptiblemente. Me
apetecía prolongar aquel calor, aquella placidez. Moví ligeramente la cabeza. Mi
cuello parecía llevar un peso; oí el suave tintineo, un leve movimiento, de pesadas
anillas de metal.
No lo comprendía.
Soñolienta, volví la cabeza a su posición original. De nuevo sentí el peso
circular, duro, en mi cuello; otra vez oí el sonido, el movimiento simple pero real de
pesadas anillas metálicas.
Entreabrí los ojos. Veía a contraluz la hierba verde y cercana; cada una de sus
hojas me parecía, en su proximidad, ancha, sucia. Con los dedos escarbé la tierra
ardiente. Cerré los ojos. Comencé a sudar. Tengo que levantarme, desayunar
rápidamente y correr a clase. Debe ser tarde ya. Tengo que darme prisa.
Recordé el paño sobre mi boca y mi nariz, aquel olor, la fuerza del hombre que
me sostenía. Aunque me resistiera, el yugo de su abrazo me retenía, desamparada.
Luché, pero en vano. Estaba aterrorizada. No sabía que un hombre pudiera ser tan
fuerte. Él esperaba, paciente, sin prisa ninguna, a que yo respirara. Yo trataba de no
hacerlo. Hasta que, jadeando impotentes, los pulmones inhalaron al fin profunda y
desesperadamente el punzante, asfixiante aroma hacia el interior de mi cuerpo. En
un instante, ahogada en el horripilante e implacable olor, incapaz de expulsarlo,
incapaz de evitarlo, enferma, perdí el conocimiento.
Abrí los ojos y vi las hojas de hierba pegadas a mi cara. Delicadamente abrí la
boca y sentí el cepillo de la hierba en mis labios. Mordí una hoja y noté su jugo en
mi lengua.
Cerré los ojos. Tengo que despertarme. Recordé el paño, la fuerza del hombre,
aquel olor.
Escarbé hondo en la suciedad con mis dedos. La arañé. La sentí entre mis uñas.
Levanté la cabeza y rodé sobre mí misma gritando, despertando, enredándome con
la cadena y la hierba. Me senté. En un instante me di cuenta de que estaba desnuda.
Mi cuello cargaba su pesado círculo; la recia cadena, atada al collar, caía entre mis
pechos y sobre mi muslo izquierdo.
—¡No! ¡No! —chillé—. ¡No!
De un salto me incliné hacia mis pies. La cadena pendía pesada, graciosamente
del collar. Sentía el empuje del collar contra la clavícula. La cadena me pasaba ahora
entre las piernas, levantándose detrás de la pantorrilla, tras el talón izquierdo. La
sacudí con todas mis fuerzas. Traté de quitarme el collar por la cabeza, hacia arriba.
La giré y lo volví a intentar. Sólo conseguí herirme en la garganta; dolía. Al levantar
la barbilla vi el cielo claro, azul, con sus inquietantes nubes blancas. Pero no pude
liberarme del collar. Se me ajustaba con precisión. Solamente el dedo meñique cabía
entre su peso y mi cuello. Gemí. El collar no se podía quitar. No había sido hecho
para ser quitado. Irracional, locamente, sin nada en mi conciencia más que mi propio
miedo y la cadena, eché a correr y caí dañándome las piernas, encadenadas. De
rodillas, la agarré, tiré de ella sollozando. De rodillas, traté de empujar hacia atrás,
pero mi cabeza fue devuelta cruelmente hacia delante. Sostuve la cadena. Medía
unos cinco metros. Se extendía hasta un pesado aro unido a un disco que a su vez
estaba clavado a una gran roca de granito, de forma irregular, pero de unos siete
metros cuadrados de base y unos diez de altura. El disco, con su aro, se hallaba
aproximadamente en el centro de la piedra, bajo, a un metro sobre la hierba. La roca
parecía estar taladrada y el disco sujeto por cuatro tornillos. Quizás cruzasen la
piedra entera para ser fijados al otro lado. No lo sabía. De rodillas, tiré de la cadena.
Lloré. Grité. Empujé de nuevo. Me dañé las manos y ni siquiera se movió un
centímetro.
Me incorporé quejándome por mis pies dolidos, por mis manos encadenadas.
Era una peña prominente. No había otra igual a la vista. Me encontraba en un
terreno ondulado, de suave pasto, amplio y extenso, sin señal alguna. No veía nada
que no fuera hierba movida por el dulce y perezoso viento, el horizonte distante, las
raras nubes blancas y el azul del cielo. Estaba sola. El sol calentaba. Detrás de mí se
alzaba la roca. Sentía la brisa sobre mi cuerpo, mas no directamente, puesto que el
disco estaba en su parte más protegida. Me pregunté si aquel viento era usual. Me
pregunté si cadena y disco estaban situados de aquel modo para resguardar al
prisionero del viento, tal y como yo lo estaba. Me estremecí.
Respiré profundamente. Nunca en mi vida había yo aspirado un aire similar. A
pesar de la cadena, eché hacia atrás la cabeza. Cerré los ojos. Me bebí la atmósfera
con los pulmones. Quienes no han respirado semejante aire no pueden conocer las
sensaciones que sentí en aquel momento. Algo tan simple como el aire que inspiré
me llenó de júbilo. Era limpio y claro; fresco, casi vivo, chispeante de regocijo con
tan ligero, abundante, prístino oxígeno. Parecía el aire de un mundo nuevo,
incontaminado por las toxinas de la masa humana, de los dones ambiguos pero
nunca puestos en duda, ponzoñosos, de la civilización y la tecnología. Mi cuerpo se
vivificó. Así de sencillo fue el efecto inmediato sobre mis sentidos y conciencia de
una oxigenación adecuada de mi organismo. Aquellos que nunca han respirado el
aire de un mundo limpio no pueden entender mis palabras.
Miré hacia el sol. Me cegaba, miré hacia abajo, crucé los campos con mi mirada.
Era consciente ahora, como no lo había sido nunca, de la nueva sensibilidad de
mi cuerpo, de sus movimientos. Parecía haber incluso una diferencia sutil en mi
propio peso. Rechacé de mi mente esta idea. No la podía admitir. Pero sabía que era
cierta. Intentaba expulsar de mi mente lo que sabía que era la explicación de este
fenómeno inusual.
Torpemente levanté la cadena que colgaba del collar amarrado a mi cuello. La
miré, incrédula. Las anillas eran de un tosco hierro negro, bien ajustadas, pesadas.
No parecía una cadena especialmente buena o cara. Pero me sujetaba. Palpé el collar.
Sin verlo deduje que debía ser del mismo material, simple, práctico, sin ninguna
ostentación. Abrazaba mi cuello estrechamente. Supuse que sería también de color
negro; tenía a un lado, bajo mi oído derecho, una bisagra de la que colgaba la cadena
por debajo de mi barbilla. Del otro lado, a la izquierda, note un candado que no
admitía sino una llave de grandes dimensiones. Me di la vuelta y miré la enorme
roca, las líneas del feldespato sobre el granito.
He de despertarme, me dije. Debo despertar. Reí amargamente. ¡Sin duda era un
sueño!
Entonces recordé el hombre, su fuerza, mi inútil resistencia, el terrible olor, la
asfixia. Esto, lo sabía, no había sido un sueño.
Golpeé la roca hasta que me sangraron los puños, la roca de granito que el
feldespato delineaba, Miré detrás de ella, sobre la vasta pradera.
La plena conciencia de estar despierta, de que todo era real se impuso finalmente
en mi mente, me inundó, abrumadora, irrefutablemente.
Estaba ahí sola, desnuda, indefensa, ante la gran peña, mirando los campos.
Estaba sola, asustada, y llevaba una cadena al cuello.
Al fin hundí la cara entre mis manos llorando desesperadamente. Entonces fue
como si la tierra hubiese girado bajo mis pies y la oscuridad me rodease, penetrando
en mi interior, y perdí el conocimiento.
Volver arriba
Mostrar mensajes de anteriores:   
Publicar nuevo tema   Responder al tema    Foros de discusión -> Relatos de sumisas Todas las horas son GMT + 1 Hora
Página 1 de 1


 
Cambiar a:  
Puede publicar nuevos temas en este foro
No puede responder a temas en este foro
No puede editar sus mensajes en este foro
No puede borrar sus mensajes en este foro
No puede votar en encuestas en este foro


Mapa del sitio - World of Warcraft "WoWMoonclaw01" created by MAËVAH (EU-Illidan) - ex-MOONCLAW (EU-Sinstralis) (v2.01) - http://www.wowcr.net , Templates
© World of Warcraft and Blizzard Entertainment are trademarks or registered trademarks of Blizzard Entertainment, Inc. in the U.S. and/or other countries. wowcr.net is in no way associated with Blizzard Entertainment.
Powered by phpBB © 2001, 2005 phpBB Group

¿Quieres crear un foro gratis como este? foro gratis